Santa Sofía, mosaicos

Detalle de la Déesis, Santa Sofía

Detalle de la Déesis, Santa Sofía

Déesis. Santa Sofía

Déesis. Santa Sofía

 

 

 

 

 

 

 

 

Junto a la galería del sur y tras atravesar la magnífica puerta de mármol, se puede contemplar uno de los mosaicos más famosos de Santa Sofia y uno de los más prestigiosos del mundo. Habla­mos de la Déesis donde se observa a Cristo junto con la Virgen María y San Juan Bautista, que le imploran que sal­­ve a la Humanidad. Como anéc­dota cabe señalar la presencia de la Vir­gen a la izquierda de Jesús, al contrario del “pro­tocolo” oficial utilizado en este ti­po de iconografías. Se desconoce la fe­cha exacta de realización, pero se estima que la pie­za data de la primera mi­tad del siglo XII.

Como curiosidad cabe señalar que, al pie del muro que hay junto a la Déesis, hay una lápida sepulcral con la inscripción de Henricus Dandalo, dux de Venecia. Este personaje co­mandó las tropas venecianas que, jun­to con los Cruzados, saquearon Cons­tan­ti­nopla en el año 1204. Su fa­lle­cimiento, un año después, hizo que fuese enterrado en la galería de Santa Sofía por el clero veneciano. Allí descansó en paz hasta la toma de poder de los turcos en el año 1453, cuando su tum­ba fue profanada y sus huesos arrojados a los pe­rros. El pintor italiano Gentile Bellini, presente en Es­tam­bul para pintar un retrato del sultán Mehmet II, fue autorizado a llevarse consigo la ar­madura del dux.

Virgen María sentada con el Niño y rodeada por Juan II Comneno y la emperatriz Irene

Virgen María sentada con el Niño y rodeada por Juan II Comneno y la emperatriz Irene

Jesucristo junto con el emperador Constantino Monómaco y la emperatriz Zoe

Jesucristo junto con el emperador Constantino Monómaco y la emperatriz Zoe

 

 

 

 

 

 

 

 

En la galería sur se puede admirar a la Vir­gen con el Niño en sus rodillas ro­deada por el em­perador Juan II Com­neno (1118-1143) y su esposa la em­pe­ratriz Irene, hija del rey húngaro Lajos. En la escena, el soberano sostiene un saco de oro a la Virgen que pretende entregar, mientras su esposa tiene un rollo de papel en la mano que legaliza la donación.

Junto a este mosaico hay un segundo que recoge la imagen de Cris­to entre la emperatriz Zoe y su marido Cons­tan­tino IX (1042-1055). El emperador ofrece un saco de oro a Jesucristo sentado en un trono en el centro. La inscripción encima de la figura del emperador reza “Constantinos Monómaco, el emperador de los ro­manos”. Zoe sostiene un rollo de papel que legaliza la donación.

Curio­sa­mente, la cabeza de Constantino, su tercer ma­­rido, fue co­locada sobre la de Miguel IV (su se­gundo esposo) y Ro­mano III de Ar­giro, el primer cónyuge de la emperatriz, quien, tras in­tentar re­cluir­la en un convento, cayó en desgracia y fue apar­­tado del trono para siempre. Estos dos personajes fueron famosos porque al enviudar Zoe a los 64 años se casó con Constantino, un insignificante senador que continuó con su vida licenciosa y quien se tomó a la ligera sus obligaciones.

Zoe fue una de las pocas emperatrices bizantinas que nacieron como hijas legítimas de un emperador reinante. Fue hija de Cons­tantino VIII, que fue nombrado coemperador en el año 976 y emperador único en el 1025. La soberana fue una de las pocas mujeres que detentó el poder durante el Imperio bizantino. Fue un personaje querido y respetado por su pueblo, que la apodó con el cariñoso sobrenombre de “ma­dre”. Su muer­te fue largamente llorada.

 

 

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